XLSEMANAL del 29 de enero al 4 de febrero de 2007
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada
Me pone un
poco nervioso esa gente que se refiere a la democracia como si fuera una forma de gobierno superadora de
tiranías. La democracia admite una expresión ideal, pero también su degradación
en tiranía, como cualquier otra forma de gobierno. La aristocracia que defendía
Platón nada tiene que ver con las dictaduras militares que han asolado
Hispanoamérica en décadas recientes, por mucho que ambas postulen que el poder
sea depositado en manos de unos pocos. Tampoco la democracia, tal como fue
formulada en sus orígenes, se parece demasiado a su degeneración actual. Hay
personas que identifican la tiranía con los totalitarismos de otras épocas,
como si fuese una reliquia de
Naturalmente, la tiranía se manifiesta de un modo muy diverso según la
forma de gobierno a la que se acoge. Si perseveramos en el anacronismo de
identificarla con el ascenso de un líder carismático y autoritario que
monopoliza la maquinaria del poder, no conseguiremos dilucidar la verdadera
naturaleza de la tiranía contemporánea. Mucho más eficaz en esta labor de
desenmascaramiento resulta establecer cuál es el rasgo común a todas las
tiranías que en el mundo han sido, el objetivo primordial y siempre repetido
que las ha delatado. Dicho objetivo no es otro que la ‘construcción’ de un
‘hombre nuevo’, una labor de ingeniería social consistente en uniformizar a los
individuos, convirtiéndolos en una masa amorfa, indistinta y fácilmente moldeable.
Para ello, la tiranía anula la naturaleza del individuo, la extirpa de aquellos
elementos que juzga incompatibles con sus designios y, mediante una labor de
adoctrinamiento cruenta o sibilina (dependiendo del grado de sofisticación de
la tiranía en cuestión), la introduce en una trituradora ideológica de la que
los individuos salen convertidos en lacayos más o menos mohínos o satisfechos,
incluso (si la tiranía actúa con perspicacia) orgullosísimos
de su condición de lacayos. Antaño, estas trituradoras ideológicas adquirían
rasgos pavorosos: campos de trabajo, burocracia policial, torturas, etc.; por
supuesto, las tiranías de hogaño han conseguido hacer mucho más presentables y
asépticas sus trituradoras de almas, han logrado incluso que tales trituradoras
resulten amables, simpáticas, encandiladoras, irresistibles.
Las tiranías siempre han mirado con suspicacia la dimensión intelectual
y espiritual del hombre. Alguien que se sabe ser pensante y traspasado de
trascendencia es más consciente de su vocación de libertad. Pero a la tiranía
le interesa el hombre esclavizado: despojado de libertad, en el caso de las
tiranías más rudimentarias y antediluvianas; o, mejor todavía, el hombre que ha
olvidado que la libertad es una posesión consustancial a su condición humana y
que, en su lugar, la considera algo que graciosamente se le concede desde una
instancia de poder. Pero para que este espejismo resulte efectivo primero hay
que lograr, mediante una minuciosa labor reeducadora, que el hombre reniegue de
su libertad intrínseca; y para ello la tiranía contemporánea dispone de
poderosas herramientas propagandísticas. En esta labor de mutilación humana, la
tiranía emplea dos métodos muy eficazmente quirúrgicos: por un lado, la
‘desvinculación’ del individuo, que lo torna mucho más vulnerable e
inconsistente, al obligarlo a romper lazos con toda forma de tradición cultural
que sirva para entender sus orígenes, su lugar en el mundo, que en definitiva
le sirva para explicarse, para hacerse inteligible; por otro lado, su ‘fisiologización’ salvaje, su conversión en un pedazo de
aburrida carne que no tiene otro anhelo sino la satisfacción de unos cuantos
apetitos y pulsiones, como un perro de Paulov.
Dejaremos para una próxima entrega la exposición de los métodos que la
nueva tiranía emplea en su tarea de ingeniería social, hasta convertirnos en
‘hombres nuevos’ y amputados, sin vínculos que nos expliquen ni aspiraciones de
índole espiritual.
XLSEMANAL del 4 al 11 de febrero de 2007
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada
Tratábamos de
exponer en una entrega anterior cómo las tiranías han tratado de corromper cualquier forma de
gobierno, desde que el mundo es mundo; por supuesto, la democracia no es
indemne a esta gangrena. Y señalábamos que las nuevas formas de tiranía, en su
afán por convertir a las personas en una masa amorfa, indistinta y fácilmente
moldeable, cuentan con instrumentos poderosísimos. A uno lo llamábamos
‘desvinculación’. Se trata de borrar del ‘disco duro’ del individuo todo
sentido de pertenencia, de romper todos aquellos vínculos que le sirven para
hacerse inteligible, para entender sus orígenes y su lugar en el mundo. Por
supuesto, la primera víctima de este proceso desvinculador
es la educación: todas aquellas disciplinas que nos proponen una explicación de
la realidad, de nuestra genealogía intelectual y espiritual, que nos
proporcionan una explicación unitaria de las cosas son expulsadas de los planes
de enseñanza, o condenadas a la irrelevancia. La historia, la filosofía, el
latín y, en general, cualquier otra asignatura que postule una forma de
conocimiento basado en la traditio (esto es, en la
transmisión de saber de una generación a otra) es arrumbada en el desván de los
armatostes inservibles. Se transmite a los jóvenes la creencia absurda de que
pueden erigirse en ‘maestros de sí mismos’ y convertir sus impresiones más
contingentes y caóticas en una nueva forma de conocimiento. Al privarlos de un
criterio explicativo de la realidad, la nueva tiranía los condena a zambullirse
en la incertidumbre y la dispersión; carentes de un criterio que les permita
comprender la realidad, se los condena a ceder ante el barullo contradictorio
de impresiones que los bombardea, a dejarse arrastrar por la corriente
precipitada de las modas, por la banalidad y la inercia.
La tiranía, sin embargo, presenta esta amputación bajo un disfraz de
libertad plena. Sabe perfectamente que las personas a las que no se les
proporciona un criterio para enjuiciar la realidad son personas mucho más
vulnerables a la manipulación; por ello se esfuerza en presentar esa
‘desvinculación’ como un espejismo de libertad. La nueva tiranía le propone al
individuo: «Durante siglos estuviste sometido a códigos de conducta externos,
dictados desde instancias represoras; nosotros hemos abolido esas instancias,
para que desde hoy seas tú mismo quien elija su destino». Y, para subrayar esa
impresión, para que el súbdito de la tiranía se crea borracho de libertad y
liberado de enojosas autoridades y castrantes códigos
morales que coartan su capacidad decisoria, la tiranía se presenta como un
garante de esa libertad recién conquistada. Así no debe extrañarnos que,
mientras las disciplinas que explican la realidad e infunden en el individuo
una verdadera libertad de juicio y una verdadera libertad de elección son
relegadas al ostracismo, se impulsen otras que crean vínculos nuevos, que
imponen un nuevo sistema de valores, so capa de reconocimiento de esa ‘libertad
ilimitada’ que graciosamente la tiranía nos concede. La misión de la nueva
tiranía consiste en administrar y hacer productiva esa ‘suma de egoísmos’ en
que, inevitablemente, se convierte cualquier sociedad desvinculada. Así se
explica la implantación de asignaturas como la llamada Educación para
En este designio de ingeniería social que anhela la ‘desvinculación’ del
individuo, cualquier forma de agrupación humana que proteja a la persona de las
injerencias del poder es de inmediato identificada por la tiranía como enemigo
a batir. Inevitablemente, la familia, ese ecosistema que crea, sobre la
argamasa de los vínculos de la sangre, afectos y lealtades fuertes y –lo que
aún resulta más peligroso para los propósitos de la nueva tiranía—transmisión
de convicciones que se escapan a la fiscalización del poder, es hostigada,
escarnecida, presentada como un reducto de arcaico autoritarismo. Todo lo que
contribuya a desnaturalizarla y hacer más quebradizos los vínculos que en su
seno se entablan, todo lo que contribuya a su destrucción será aplaudido y
auspiciado por la nueva tiranía, en su afán por crear ‘hombres nuevos’ sin
sentido de pertenencia, náufragos en un mundo sin cimientos ni asideros. Pero
la nueva tiranía aún dispone de otro instrumento muy eficaz para engullirnos en
su trituradora. Lo llamaremos ‘fisiologización’ del
hombre.
XLSEMANAL del 11 al 17 de febrero de 2007
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada
Lo hemos
llamado ‘fisiologización’, pero también podríamos haberlo denominado ‘despersonalización’.
Quizá sea el rasgo más distintivo de nuestra época; y, desde luego, uno de los
más arrasadores instrumentos en manos de la nueva tiranía. Su finalidad no es
otra que aplastar, anestesiar, negar la dimensión espiritual del hombre. No me
refiero tan sólo a la inquietud religiosa –que, desde luego, es tratada como un
cáncer que conviene extirpar– sino, en general, a
cualquier efusión del espíritu que nos eleve sobre el barro del que procedemos.
Esta ‘fisiologización’ es también una expresión de
esa ‘desvinculación’ a la que nos referíamos en un artículo anterior: se trata
de mantener al hombre entretenido mientras chapotea en el lodazal de sus
apetencias más bajunas, negándole cualquier vocación ascendente; se trata, en
definitiva, de reducir la existencia humana a una pura experiencia material y
de acallar cualquier nostalgia de otra forma de vida superior. Así, hasta
lograr que el hombre se convierta en un perro de Paulov
que sólo necesita para seguir viviendo satisfacer de forma casi automática sus
pulsiones. Todo ello, por supuesto, servido con una apariencia lúdica y risueña
que lo haga más fácilmente digerible.
La nueva tiranía ha encontrado poderosos medios propagandísticos que le
garanticen este proceso de paulatina ‘fisiologización’.
Seguramente el más poderoso y eficaz sea la televisión, convertida en
divulgadora festiva de nuevas formas de vida que postulan nuestra conversión en
pedazos de aburrida carne y halagan nuestros instintos más sórdidos. El otro
día, mientras zapeaba, me tropecé con un programa de enormidades titulado Esto
es increíble, en el que varias mujeres de aspecto neumático soportaban los
embates de una polla de caucho que, instalada en un mecanismo de émbolos,
penetraba en sus orificios genitales a un ritmo cada vez más frenético; ganaba
el concurso la mujer que resistía durante más tiempo el trasiego. Por supuesto,
tan degradante espectáculo era glosado por un locutor que introducía
comentarios de discutible comicidad. Sólo un espectador que haya descendido hasta
subsuelos de abyección podría contemplar aquel
programa sin desasosiego; sólo alguien que niegue la dignidad intrínseca del
ser humano podría atreverse a programarlo. A continuación, el programa incluyó
un reportaje de parejas sorprendidas en la calle en pleno folleteo,
quizá bajo los efectos del alcohol; eran imágenes tristísimas,
de una sordidez que encogía el corazón, donde las parejas espiadas eran
mostradas como ratas que copulan en una alcantarilla, pero persistían los
comentarios pretendidamente cómicos del locutor. Aquel programa no constituye
una excepción: a cualquier hora del día o de la noche, el espectador
desprevenido se topa con tertulias de chismorreos degradantes, o con concursos
de telerrealidad donde los concursantes eructan y
defecan y fornican sin rebozo ante las cámaras, como homínidos
felices de su condición, erigidos en modelos para las masas que los contemplan
desde sus hogares.
Así nos quiere la nueva tiranía, rehenes de la pura fisiología,
babeantes de flujos, chapoteando satisfechos en el barro de la degradación.
Cualquier intento de revitalizar el espíritu es de inmediato escarnecido,
vituperado, condenado al descrédito o señalado como subversivo. Y, por
supuesto, cuando el cuerpo deja de ser templo del espíritu, se transforma en
templo narcisista de sí mismo: en este contexto debe entenderse el miedo del
hombre contemporáneo a la vejez y a la decadencia física, la dictadura de la
salud como bien absoluto, la exaltación de la cirugía plástica. Cuando la vida
deja de tener sentido, cuando no la anima ninguna pesquisa de índole
espiritual, el hombre se aferra desesperadamente al espejismo de la eterna
juventud. Pero, pese a que la nueva tiranía se esfuerza porque la amputación
del espíritu sea indolora y no deje cicatrices, no ha conseguido evitar que el
hombre contemporáneo sienta esa ausencia como un vacío que de vez en cuando
emite un dolor sordo, como el manco siente en las noches que preludian cambios
atmosféricos un dolor en el brazo inexistente, un dolor que en realidad es la manifestación
de una nostalgia.
También la nueva tiranía cuenta con un recurso para paliar esa nostalgia
de una vida superior. Y, de este modo, completa la arquitectura de su
dominación. Lo contaremos en el último artículo de la serie.
XLSEMANAL del 18 al 24 de febrero de 2007
Animales de compañía, por Juan Manuel de Prada